
Al volver de un recorrido por hierba o matorral, dedica un momento a revisar a tu perro. Las garrapatas pueden pasar desapercibidas entre el pelo y no siempre provocan un rascado visible.
Son ácaros que se alimentan de sangre. No saltan ni vuelan: pueden engancharse al animal al pasar junto a la vegetación.
Revisa todo el cuerpo, prestando atención a orejas, cuello, axilas y espacios entre los dedos. Hazlo con buena luz y sin tirar de cualquier bulto que encuentres.
Algunas garrapatas transmiten enfermedades. Su presencia no confirma una infección, pero justifica retirarlas correctamente y observar al perro.
Consulta al veterinario si aparecen señales como estas:
– Decaimiento persistente.
– Pérdida de apetito.
– Fiebre.
– Cojera o molestias al moverse.
– Vómitos.
– Diarrea.
– Mucosas pálidas.
– Sangrados inusuales.
– Cualquier deterioro del estado general.
Estos síntomas también pueden tener otras causas; no permiten diagnosticar una enfermedad concreta en casa.
Si localizas una garrapata adherida, utiliza un extractor específico siguiendo sus instrucciones o acude a la clínica. No apliques aceite, alcohol ni calor para intentar que se desprenda y evita aplastarla.
Si no sabes retirarla, el veterinario puede hacerlo y enseñarte la técnica. Consulta también si quedan restos o la zona se inflama.
La prevención debe adaptarse al perro y a su exposición. Usa únicamente productos adecuados a su especie, peso y edad, con la pauta indicada; no combines antiparasitarios por tu cuenta.
En los paseos por la Sierra, incorporar esta revisión al regreso ayuda a detectar problemas sin esperar a que el perro se rasque. Nuestra labor de educación canina puede facilitar que acepte la manipulación con calma.
